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Imagen simbólica que representa la conexión entre la memoria del cuerpo, la historia emocional y el

El cuerpo recuerda lo que la mente tarda años en comprender

En este texto personal, la autora comparte cómo su historia de abuso en la infancia y juventud influyó profundamente en su relación con el cuerpo y la alimentación. A partir de su experiencia con anorexia, reflexiona sobre cómo el cuerpo guarda memorias que el sistema nervioso activa incluso cuando la mente aún no comprende lo vivido. Este camino personal la llevó a estudiar nutrición, psicología y trauma, y a desarrollar una visión integrativa de la salud donde la biología, la historia emocional y la relación con el cuerpo están profundamente conectadas. Más que borrar la historia, sanar implica integrarla y volver a habitar el propio cuerpo con conciencia y compasión.

Durante muchos años estudié nutrición para entender el cuerpo. 

Pero antes de entender la biología, tuve que entender mi historia. 

 

Hoy cumplo años.

 

Curiosamente, mi cumpleaños coincide con una fecha que en el mundo se ha convertido en un día para hablar de la mujer. Y aunque tengo sentimientos encontrados sobre cómo hoy se aborda este tema, sí hay algo que para mí siempre ha sido importante: reconocer las historias que habitan en el cuerpo de muchas mujeres.

 

Durante muchos años guardé en silencio partes profundas de mi historia. No porque no existieran, sino porque no siempre sabemos cómo nombrar aquello que nos marcó.

 

En mi caso, hubo experiencias de abuso en mi infancia y juventud —abuso sexual y emocional— que dejaron una huella profunda en mi forma de habitar mi cuerpo. 

 

En ese momento no tenía las herramientas emocionales ni la comprensión para entender lo que estaba viviendo. Lo único que sabía era que algo dentro de mí necesitaba encontrar control, orden y protección.

 

A los 23 años me casé. Fue también el momento en que comenzó mi vida adulta de manera más plena. Y fue justamente en esa etapa cuando apareció la anorexia.

 

Durante mucho tiempo me pregunté por qué.

 

Con los años entendí que el cuerpo guarda memorias profundas. Nuestro sistema nervioso registra experiencias incluso cuando nuestra mente aún no puede comprenderlas. Y cuando la vida nos confronta con situaciones que activan esas memorias —como la intimidad física en el matrimonio—, el cuerpo puede reaccionar intentando protegerse de la única manera que conoce.

 

En mi caso, la conexión fue clara: las experiencias de abuso que viví de niña y adolescente quedaron almacenadas en mi sistema nervioso. Al iniciar mi vida sexual adulta, esas memorias se activaron sin que yo lo comprendiera. Mi cuerpo respondió con el único mecanismo de control que encontró: restringir la comida.

 

Durante mucho tiempo se ha pensado que los trastornos de la conducta alimentaria tienen que ver con la comida, con el peso o con la imagen corporal. Pero quienes los hemos vivido sabemos que la comida rara vez es el verdadero centro de la historia.

 

La anorexia, en mi caso, fue una forma de intentar sobrevivir a emociones que no tenían espacio, a experiencias que no habían sido nombradas y a un dolor que mi sistema nervioso no sabía cómo procesar. Fue la manera en que mi cuerpo intentó protegerme del trauma que nunca había podido elaborar.

 

El cuerpo se convierte entonces en un territorio donde se intenta recuperar control cuando la vida se ha sentido fuera de control. Con los años entendí algo que cambió profundamente mi manera de ver la salud: el cuerpo no es el problema, el cuerpo es el mensajero.

 

Detrás de muchas relaciones difíciles con la comida hay historias de trauma, de abuso, de abandono emocional, de exigencia extrema o de una profunda desconexión con uno mismo. Nuestro sistema nervioso, nuestras hormonas, nuestro metabolismo y nuestra relación con la comida no están separados de nuestra historia.

 

Por eso, además de estudiar nutrición, psicología y  biología, me he dedicado profundamente a estudiar el trauma: cómo se registra en el sistema nervioso, cómo se expresa en el cuerpo y cómo puede transformarse cuando se integra con consciencia.

 

Mi camino personal y profesional ha estado marcado por esa búsqueda: comprender cómo la biología y la historia emocional se entrelazan, cómo el cuerpo guarda memoria y cómo la nutrición no puede separarse del sistema nervioso, de la psique y de las experiencias que moldean nuestra vida.

 

Ese camino me llevó a fundar espacios de educación y acompañamiento en salud, donde hoy comparto una visión integrativa que une ciencia, nutrición, sistema nervioso, historia emocional y estilo de vida. Un enfoque que busca devolver a las personas algo que muchas veces se ha perdido: la capacidad de escuchar y habitar su propio cuerpo.

 

A ese proceso lo he llamado muchas veces volver para habitarme.

 

Volver al cuerpo.

 

Volver a escuchar.

 

Volver a reconocer lo que durante años no pudimos nombrar.

 

Por eso hoy, en mi cumpleaños, más que celebrar una fecha, celebro el camino recorrido. 

 

Celebro haber aprendido a escuchar mi cuerpo en lugar de castigarlo. 

 

Celebro haber transformado una historia personal en una vocación de acompañamiento para otros. 

 

Y celebro, sobre todo, la posibilidad de seguir habitándome con más consciencia, más compasión y más verdad.

 

Porque al final, sanar no significa borrar la historia.

 

Significa integrarla.

 

Significa reconciliarse con el propio cuerpo.

 

Significa, poco a poco, volver a casa.

 

Volver para habitarme.