
Menopausia: ¿y si en lugar de resistirla, la habitamos?
La menopausia se ha vuelto un tema visible, pero aún rodeado de desinformación. Más allá de ser un problema a “resolver”, es una transición biológica compleja que implica cambios hormonales, neurológicos, metabólicos e inmunológicos. Muchas veces se vive como algo abrupto porque no entendemos procesos previos como el ciclo infradiano. Lejos de ser el fin, la menopausia representa una nueva etapa de adaptación, integración y evolución del cuerpo. Comprenderla permite dejar de resistirla y empezar a habitarla con mayor conciencia.
La menopausia es un tema que, en los últimos años, ha tomado una fuerza importante. La vemos en la medicina, en la nutrición, en la psicología… e incluso en el marketing. Se ha vuelto tendencia. Se ha vuelto conversación. Y, como todo lo que entra en lo “mainstream”, también se ha vuelto un espacio donde se mezclan la información, la desinformación y, muchas veces, los intereses.
Pero en medio de todo este ruido, hay una realidad silenciosa que observo todos los días en consulta y en el instituto: sabemos muy poco sobre nuestro propio cuerpo.
Cuando pregunto algo tan básico como “¿qué es el ciclo infradiano?”, solo un porcentaje muy pequeño de mujeres puede responderlo. Y esto no es menor. Estamos hablando de un ritmo biológico que nos acompaña durante décadas, que regula nuestra fisiología, nuestra energía, nuestro estado de ánimo, nuestra capacidad de adaptación… y, sin embargo, lo transitamos muchas veces desde el desconocimiento.
El ciclo infradiano no es solo menstruación. Es una danza hormonal compleja entre el eje hipotálamo–hipófisis–ovario, donde el estrógeno, la progesterona, la LH y la FSH orquestan no solo la reproducción, sino funciones clave como la sensibilidad a la insulina, la utilización de grasas, la respuesta al estrés y la plasticidad cerebral.
¿Cómo no va a sentirse abrupta, agresiva o incluso injusta la menopausia si no entendemos el camino que nos llevó hasta ella?
Quizá el problema no es la menopausia en sí. Quizá el problema es que llegamos a ella sin haber habitado nuestras etapas anteriores.
La menopausia no es una enfermedad. No es una falla del cuerpo. No es algo que “hay que arreglar”. Es una transición biológica que implica una disminución progresiva de la función ovárica y de la producción de estradiol y progesterona, con una consecuente elevación de FSH y LH. Pero reducirla a esto sería simplificar algo profundamente complejo.
Lo que ocurre en esta etapa no es solo hormonal, es neurológico,es metabólico,eEs inmunológico.
El estrógeno, por ejemplo, no solo regula el ciclo menstrual. Tiene efectos en el cerebro modulando neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, en el sistema cardiovascular, en el metabolismo óseo, en la distribución de la grasa corporal y en la sensibilidad a la insulina,literalmente su disminución implica una reorganización sistémica del cuerpo.
Por eso, muchas mujeres experimentan cambios en el sueño, en el estado de ánimo, en la composición corporal, en la memoria o en la respuesta al estrés. No es que el cuerpo “esté fallando”… es que está adaptándose a una nueva etapa fisiológica.
Y aquí es donde algo importante se pierde en la narrativa actual: esta transición no es el final de algo, es el inicio de otra forma de funcionamiento.
Durante miles de años, esta etapa ha representado algo muy distinto a lo que hoy nos han hecho creer, ha sido el momento de la cosecha,de la integración, de la sabiduría encarnada.
Desde una perspectiva evolutiva, incluso se ha propuesto que la menopausia tiene un valor adaptativo (la “hipótesis de la abuela”), donde las mujeres post-reproductivas contribuyen a la supervivencia del grupo a través del cuidado, la transmisión de conocimiento y la cohesión social.Es decir, biológicamente dejamos de reproducirnos… pero funcionalmente seguimos siendo profundamente necesarias.
Y sin embargo, hoy vivimos en una cultura que nos empuja a hacer exactamente lo contrario: a resistirla, a negarla, a “combatirla”. A intentar regresar a una versión más joven de nosotras mismas, como si el valor estuviera únicamente en esa etapa.Esto no solo genera frustración,genera estrés crónico. Y el estrés crónico (a través del eje HPA) impacta directamente la experiencia de la peri y la menopausia, exacerbando síntomas como el insomnio, la ansiedad, el aumento de grasa abdominal o la fatiga.
La perimenopausia y la menopausia implican una reorganización profunda del cuerpo, de la energía, de la mente… incluso de la identidad. Es un momento donde muchas mujeres comienzan a cuestionar su estilo de vida, sus relaciones, su propósito. No es casualidad.
Pero para poder atravesarla con mayor claridad, necesitamos información. Información real, sin sesgos, sin extremos, sin miedo.
Necesitamos entender qué está pasando en nuestro cuerpo, qué es esperable, qué no, qué opciones existen —desde intervenciones nutricionales, ejercicio de fuerza, manejo del estrés, hasta terapias hormonales cuando están indicadas— y también, qué significado podemos darle a esta etapa más allá de los síntomas.Porque sí, hay síntomas,y sí, pueden ser incómodos, pero reducir la menopausia únicamente a una lista de molestias es perder de vista su profundidad.
Tal vez la invitación no es a “sobrevivir” esta etapa… sino a habitarla, a dejar de pelear con el cuerpo y empezar a escucharlo, a dejar de compararnos con quien fuimos… y empezar a encontrarnos con quien somos ahora..
Este no es un llamado a romantizar la menopausia, sino a comprenderla, a mirarla con curiosidad en lugar de miedo, a abrir espacios donde podamos hablar de esto con información, con ciencia, pero también con humanidad.
Esta etapa hay que habitarla con mayor consciencia, porque cuando entendemos, dejamos de resistir, y cuando dejamos de resistir… empezamos, verdaderamente a habitarnos.
