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Mama e hija abrazandose

Volver a habitar al niño que fuimos

Una invitación a recordar nuestra esencia

 

“Se necesita mucho tiempo para llegar a ser joven.”

— Pablo Picasso

 

Cuando nacemos, llegamos al mundo siendo. Sin filtros, sin máscaras, sin la pesada agenda de tener que encajar. Lloramos cuando algo nos duele, reímos cuando algo nos da gusto, exigimos cuando tenemos hambre, nos asombramos con lo que para los adultos ya es invisible: una hormiga cargando una hoja, la luz que se cuela por la ventana, el sonido del agua.

En esos primeros años, antes de que se instalen las meta emociones —esas emociones sobre nuestras emociones, ese juicio constante de lo que sentimos, actuamos desde un lugar limpio. Desde lo que en el Ayurveda se llama nuestro Prakruti: nuestra naturaleza original, esa constitución única con la que llegamos al mundo. Nuestra esencia.

Y entonces, poco a poco, sin que nos demos cuenta, comienza a instalarse otra cosa.

 

El precio de encajar

 

“No llores, los niños grandes no lloran.”

“No seas tan intensa.”

“Deja de ser tan sensible.”

“Pórtate bien.”

“Eso no es de niñas / niños.”

 

Frase por frase, mirada por mirada, exigencia por exigencia, fuimos aprendiendo que para ser amados teníamos que dejar de ser quienes éramos. Que la chispa molestaba. Que la sensibilidad incomodaba. Que la imaginación no servía. Que ese cuerpo que bailaba sin pedir permiso, había que sentarlo.

 

Y aprendimos. Vaya que aprendimos. Nos hicimos expertos en pertenecer a costa de no estar.

 

Lo que hoy criticas, antes te hacía brillar

 

Quiero que te detengas un momento. Que respires. Y que pienses en eso que hoy criticas tanto de ti.

Esa intensidad con la que sientes todo. Esa risa que te sale demasiado fuerte. Esa manera de hablarle a los animales como si te entendieran. Esa necesidad de bailar cuando suena tu canción. Esa imaginación que vuela. Esa ternura. Esa rebeldía. Esa forma de preguntar lo que nadie pregunta.

 

¿Y si lo que hoy llamas “defecto” fuera, en realidad, el rastro luminoso de quien viniste a ser?

 

La invitación de hoy

 

Hoy, Día del Niño, no quiero que pienses solo en los niños de afuera. Quiero que pienses en el niño que vive dentro de ti. Ese que sigue ahí, esperando que lo voltees a ver. Que dejaste atrás cuando aprendiste a ser “grande”, productivo, correcto, presentable.

Y quiero invitarte a hacer algo poco común: regresar.

 

Volver a habitarlo. Recordarlo. Preguntarle cosas:

¿Qué te hacía perder la noción del tiempo cuando eras niña, niño?

¿Qué soñabas ser antes de que alguien te dijera que eso “no se podía”?

¿Qué te apasionaba sin necesidad de que nadie te aplaudiera?

¿En qué momentos te sentías más tú?

¿Qué parte de ti dejaste de mostrar para no incomodar a otros?

 

No es nostalgia. Es memoria celular. Es información que tu cuerpo guarda con cariño, esperando el momento en que decidas escuchar.

Porque aquí está la verdad incómoda y bellísima: tu esencia no se fue. Solo se cubrió. Y debajo de todas esas capas de “debería ser”, sigue intacta.

 

Y esto, querida lectora, querido lector, también es salud

 

Porque no estamos enfermos solo cuando algo en el cuerpo duele. Estamos enfermos también cuando vivimos lejos de quienes somos. Cuando nuestra vida no se parece a nuestra esencia. Cuando lo que comemos, cómo nos movemos, con quién estamos, qué hacemos cada día, no honra ese ser auténtico que llegó al mundo lleno de luz.

Reconectar con el niño que fuimos no es un acto sentimental. Es un acto de salud profunda. Es regresar al Prakruti. Es darle al cuerpo, a las emociones y al alma, el alimento que sí les nutre.

 

 

Mi invitación, desde mí, desde Mónica

 

Hoy escribe una carta a esa niña, a ese niño que fuiste. Dile que lo ves. Que ya entendiste que su intensidad no estaba mal. Que su sensibilidad era un don. Que su forma de mirar el mundo era exactamente la correcta.

Pídele perdón por haberlo callado tantas veces. Y prométele que, de aquí en adelante, vas a tomarlo de la mano.

Porque reencontrarte con tu esencia no es un lujo. Es un regreso a casa.

Con cariño,

Mónica Strauss

 

 

 

P.D. Para acompañarte en este regreso

 

Un libro

El niño interior, de John Bradshaw. Una guía profunda y amorosa para reconocer, escuchar y sanar a ese niño que sigue habitando en ti. Un clásico que abre puertas que llevaban años cerradas.

Una película

Intensa-Mente (Inside Out). Aunque parece para niños, es una de las películas más profundas sobre cómo se forman nuestras emociones, cómo perdemos partes de nosotros mismos y cómo todas nuestras emociones, incluso la tristeza, son necesarias.

Una serie

Anne with an E (Netflix). La historia de una niña que, a pesar de las heridas tempranas, conserva su imaginación, su intensidad y su forma única de mirar el mundo. Es un recordatorio luminoso del valor de la sensibilidad y de no domesticar nuestra esencia.

 

Una práctica de corporalidad: “Regreso a casa”

(15 minutos · en un lugar tranquilo)

El cuerpo recuerda lo que la mente olvidó. Por eso esta práctica no se piensa: se siente.

1. Preparación

Busca un espacio donde nadie te interrumpa. Pon música que te haya gustado en tu infancia (esa que te hacía bailar a los 6 o 7 años). Quítate los zapatos. Siente el piso.

2. Respiración del recuerdo (3 minutos)

De pie, ojos cerrados. Coloca una mano en el pecho y otra en el vientre. Respira profundo. Con cada exhalación, repite mentalmente: “regreso a mí, regreso a mí, regreso a mí.”

3. El cuerpo que jugaba (5 minutos)

Sin guion, sin coreografía, deja que tu cuerpo se mueva como se movía cuando eras niño. Salta, gira, agita los brazos, brinca como si saltaras la cuerda, baila sin orden. No corrijas. No te juzgues. Si sale risa, ríe. Si sale llanto, llora. Lo que salga es bienvenido.

4. Abrazo a tu niño interno (4 minutos)

Siéntate o recuéstate. Cruza los brazos sobre tu pecho, abrazándote. Imagina que abrazas a esa niña, ese niño de 5, 6, 7 años que fuiste. Visualízalo claramente. Dile en voz baja: “aquí estoy. Te veo. Te quiero. Ya no estás solo / sola.” Permítete sentir lo que llegue.

5. Cierre (3 minutos)

Toma una libreta y escribe, sin pensar mucho: “Hoy recordé que yo era…” y deja que la mano se mueva sola. Lo que aparezca, es información valiosa de tu esencia.

 

Que este día seas niño otra vez,

aunque sea por un rato.