
¿Y si la muerte fuera parte del sentido de la vida?
Este último semestre la vida me ha confrontado con algo que todos sabemos que existe, pero que pocas veces queremos mirar de frente, la muerte. Y descubrí que, más allá de la tristeza, aparecen el miedo y la incertidumbre ante algo tan inevitable como desconocido. La muerte es una certeza que todos compartimos y, sin embargo, sigue siendo uno de los grandes misterios de nuestra existencia: invisible, impredecible, imposible de comprender en su totalidad.
Este último semestre la vida me ha confrontado con algo que todos sabemos que existe, pero que pocas veces queremos mirar de frente, la muerte.
Murieron personas cercanas, que significaban mucho para mí. Además del dolor profundo y de la sorpresa que acompañaron sus partidas, estas pérdidas volvieron a confrontarme con mi propia vulnerabilidad, con mi fragilidad y la de las personas que amo. Me llevaron también a reconocer algo, que en el fondo, ya sabía, pero que por doloroso prefería evadir, todo lo que despierta en mí la muerte de un ser querido.
Y descubrí que, más allá de la tristeza, aparecen el miedo y la incertidumbre ante algo tan inevitable como desconocido. La muerte es una certeza que todos compartimos y, sin embargo, sigue siendo uno de los grandes misterios de nuestra existencia: invisible, impredecible, imposible de comprender en su totalidad.
Estas pérdidas también me llevaron a reflexionar y a profundizar en un tema que, por mi propia historia, siempre ha estado rodeado de cierto temor y oscuridad.
En esa búsqueda retomé algunas enseñanzas de la filosofía budista. Alexander Berzin (2009), en su meditación sobre la muerte, plantea que existen innumerables circunstancias capaces de poner fin a nuestra vida, mientras que mantenernos vivos depende de múltiples condiciones que deben sostenerse constantemente.
Thubten Chodron (1991) también nos invita a reconocer la fragilidad de nuestro cuerpo. Nuestro organismo trabaja incesantemente para mantenernos vivos: necesitamos respirar, alimentarnos, protegernos, regular nuestra temperatura y conservar un delicado equilibrio interno. Y, sin embargo, ese equilibrio puede verse interrumpido por una sola circunstancia.
Y entonces me pregunto:
¿Será que preferimos ignorar nuestra mortalidad porque reconocerla nos obligaría a cuestionar la manera en que estamos viviendo?
Por eso, hoy quiero proponerles algo… ¡aprender a vivir con consciencia de nuestra finitud! Quizá suene contradictorio, pero ¿y si fuera precisamente la certeza de que algún día vamos a morir lo que le da tanto valor a nuestra existencia?
Si tuviéramos tiempo infinito, podríamos posponer indefinidamente un abrazo, una conversación, una reconciliación o simplemente el placer de compartir una comida con quienes amamos. Siempre habría un mañana. Pero no lo hay para siempre y quizá sea justamente eso lo que hace tan valiosos los momentos que vivimos, porque ninguno vuelve a repetirse de la misma manera.
Sin embargo, hay una diferencia importante entre vivir conscientes de nuestra mortalidad y vivir con miedo a ella. El miedo puede paralizarnos, llevarnos a querer controlar lo incontrolable, a aferrarnos a lo conocido o a postergar la vida esperando que algún día todo esté resuelto. La consciencia, en cambio, puede abrirnos a una manera distinta de vivir, más presente, más intencional y quizá también más agradecida.
Los estoicos ya reflexionaban sobre esto a través del memento mori, una expresión latina que significa “recuerda que vas a morir”. Lejos de ser una invitación al pesimismo, era una manera de recordar la naturaleza limitada de nuestra existencia y de preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.
Séneca, en su obra Sobre la brevedad de la vida (1.3), planteaba que no es tanto que dispongamos de poco tiempo, sino que desperdiciamos gran parte de él.
¿Será que nos da tanto miedo morir porque, en el fondo, sabemos que hay partes de nuestra vida que todavía no nos hemos atrevido a vivir?
Vivir conscientes de nuestra finitud tampoco significa querer aprovecharlo todo con ansiedad, llenar nuestra agenda de experiencias, viajar, comer o acumular momentos como si se acabara el mundo. Quizá eso sea otra manera de huir de lo que tanto tememos.
El verdadero disfrute no está necesariamente en hacer más, sino en estar más presentes. En saborear un alimento, sentir nuestro cuerpo, compartir una conversación sin distracciones o simplemente disfrutar de lo cotidiano.
Bronnie Ware (2012), quien acompañó a personas al final de sus vidas, recogió algunos de sus arrepentimientos más frecuentes. Entre ellos, no haberse atrevido a vivir de acuerdo con sus propios deseos ni haber expresado lo que verdaderamente sentían.
Y esto me lleva a preguntarme: ¿cuántas veces dedicamos nuestra energía a cosas que, al final de nuestra vida, quizá no tendrán ninguna importancia?
En México, a la muerte le ponemos la mesa
Y por todo esto quise escribir esta reflexión precisamente en el Día de Muertos. En México tenemos una manera muy particular de relacionarnos con la muerte, le ponemos una ofrenda, la rodeamos de flores, velas, fotografías, música y, por supuesto, comida. Preparamos los platillos favoritos de quienes ya no están, compartimos sus historias y, entre recuerdos, risas y lágrimas, los hacemos presentes una vez más.
Me conmueve que nuestra tradición haya encontrado una forma de reunir algo aparentemente contradictorio, la ausencia y la presencia, la tristeza y la celebración, la muerte y el disfrute.
La comida se convierte en un puente entre quienes estamos aquí y aquellos que ya partieron. Un aroma, una receta o un sabor pueden devolvernos, por un instante, a una mesa compartida, a una conversación o a un abrazo.
¿Realmente dejamos de estar cuando morimos o algo de nosotros permanece en quienes nos recuerdan?
¿Venimos a vivir o venimos a trascender?
La humanidad lleva miles de años intentando comprender qué sucede cuando termina nuestra existencia terrenal.
En la cosmovisión mexica, la muerte era el inicio de un recorrido hacia distintos destinos, entre ellos el Mictlán. El cristianismo nos habla de la resurrección y la vida eterna; el hinduismo y el budismo, desde sus distintas enseñanzas, nos invitan a reflexionar sobre el renacimiento, la impermanencia y el desapego.
Incluso Epicuro, en su Carta a Meneceo, ya proponía desde la filosofía griega que no deberíamos temer a la muerte, pues mientras nosotros existimos, ella no está presente; y cuando ella llega, nosotros ya no estamos.
También están los testimonios de personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte. En los años setenta, el médico Raymond Moody comenzó a documentar estas experiencias y, en 1975, publicó Vida después de la vida, una obra que contribuyó a dar visibilidad a estos relatos. Décadas más tarde, el cardiólogo Pim van Lommel y sus colaboradores (2001) publicaron un estudio sobre pacientes que habían sobrevivido a un paro cardíaco. Algunos describieron experiencias caracterizadas por una profunda sensación de paz, luz y serenidad. La investigación también exploró los cambios que estas experiencias podían generar en su manera de comprender la vida.
No sabemos si estas experiencias nos dicen algo sobre lo que existe después de morir, pero sí nos invitan a preguntarnos por qué el encuentro con nuestra propia mortalidad puede cambiar tan profundamente nuestra forma de vivir.
Y, sin embargo, más allá de nuestras creencias, hay una forma de trascendencia que podemos reconocer aquí mismo: la huella que dejamos en los demás.
Trascendemos en nuestros hijos, en las personas que acompañamos, en lo que enseñamos, en los recuerdos que construimos, en los gestos de amor que quizá ni siquiera sabemos que alguien conserva.
Tal vez no tengamos que elegir entre vivir y trascender. Quizá trascendemos precisamente a través de nuestra manera de vivir.
Una invitación para este Día de Muertos
Cuando preparen su ofrenda, cuando coloquen una fotografía, enciendan una vela o recuerden a alguien que ya no está, regálense unos minutos para preguntarse:
¿Qué fue lo que esa persona dejó en mí? ¿Qué aprendí de su manera de vivir? ¿Qué sigue vivo de ella a través de mis acciones, de mis recuerdos o de mi forma de amar?
Y después, quisiera invitarlos a hacer un ejercicio todavía más profundo: voltear a mirar a quienes siguen aquí.
¿Hay alguien a quien quisieran agradecerle algo y todavía no lo han hecho? ¿Una conversación que han postergado? ¿Un abrazo pendiente? ¿Algo que quisieran cambiar en su propia manera de vivir?
Quizá la tarea sea tan sencilla como preparar una comida para alguien que amamos, recuperar una receta familiar, escribir una carta o decir aquello que damos por hecho que el otro ya sabe.
Porque si algo me han enseñado las pérdidas en mi vida es que no solamente necesitamos aprender a despedirnos de quienes se van; también necesitamos aprender a estar verdaderamente presentes con quienes todavía están.
No sé con certeza qué sucede después de la muerte, ni si existe ese lugar de paz y trascendencia del que tantas tradiciones nos hablan, pero sí sé que nuestra vida sucede aquí, ahora, en este cuerpo, en nuestras relaciones y en los pequeños momentos que tantas veces dejamos pasar.
Y quizá la pregunta no sea solamente qué hay después de la muerte, sino qué estamos haciendo con la vida antes de que llegue.
¿Y si recordar que vamos a morir fuera, precisamente, una invitación a aprender a vivir?
Dedico estas reflexiones a la memoria de Wanda Alarcón y Antoine Flipo, dos personas muy queridas cuyas partidas me han llevado a mirar de frente mi propia vulnerabilidad y a seguir cuestionándome el misterio de la vida y de la muerte.
Gracias por lo compartido, por lo que dejaron en mi vida y por lo que, de distintas maneras, sigue presente.
Fuentes y lecturas que acompañaron esta reflexión
Berzin, A. (2009). Lam-rim 14: Meditación sobre la muerte en nueve partes: segunda y tercera de las tres raíces. Study Buddhism. https://studybuddhism.com/es/budismo-tibetano/cursos-de-audio/lam-rim/lam-rim-seccion-2-muerte-e-impermanencia/lam-rim-14-meditacion-sobre-la-muerte-en-nueve-partes-segunda-y-tercera-de-las-tres-raices
Chodron, T. (1991, 19 de agosto). Meditación sobre la muerte. Thubten Chodron. https://www.thubtenchodron.org/es/1991/08/important-awareness-death/
Epicuro. (s. f.). Carta a Meneceo (§125). The Internet Classics Archive. https://classics.mit.edu/Epicurus/menoec.html
Instituto Nacional de Antropología e Historia. (2023, 1 de noviembre). Día de Muertos, un sincretismo religioso. https://www.inah.gob.mx/foto-del-dia/dia-de-muertos-un-sincretismo-religioso
Moody, R. A. (1975). Life after life. Mockingbird Books.
Séneca, L. A. (s. I). Sobre la brevedad de la vida (1.3). Scaife ATLAS.https://atlas.perseus.tufts.edu/library/passage/urn%3Acts%3AlatinLit%3Astoa0255.stoa004.perseus-lat2%3A1.3-1.4/
van Lommel, P., van Wees, R., Meyers, V., & Elfferich, I. (2001). Near-death experience in survivors of cardiac arrest: A prospective study in the Netherlands. The Lancet, 358(9298), 2039–2045. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(01)07100-8
Ware, B. (2012). The top five regrets of the dying: A life transformed by the dearly departing. Hay House. https://bronnieware.com/regrets-of-the-dying/
